Hay gatas que parecen pintadas por dos manos distintas. Un lado de fuego, otro de noche, y entre medias un desorden precioso de manchas que no se repite en ninguna otra parte del mundo. A esas gatas las llamamos carey, y llevan siglos coleccionando historias.
Lo bonito es que muchas de esas historias son reales. No en el sentido de que ocurrieran de verdad —ninguna gata nació del cielo—, sino en el de que son leyendas y creencias que la gente se contó durante generaciones, en países muy distintos, y que hoy siguen ahí, recogidas y documentadas. Te cuento las que más me gustan y, al final, por qué son como son de verdad.
La leyenda del Sol y la Luna
Cuentan que, hace muchísimo tiempo, el Sol estaba cansado de mirar el mundo siempre desde arriba. Quería pisar la hierba, oler la tierra mojada, saber por una vez cómo era vivir abajo. Así que le pidió a la Luna que ocupara su lugar en el cielo un rato, y bajó a la Tierra disfrazado del animal más discreto que se le ocurrió: un gato negro, para pasar desapercibido en la oscuridad.

Pero la Luna se cansó de sostener el cielo antes de tiempo y abandonó su puesto. El Sol tuvo que volver a toda prisa a su sitio… y algo de su calor se quedó enredado para siempre en el pelaje de aquel gato negro. De ahí, dice la leyenda, descienden todas las gatas carey: pequeñas portadoras de un pedazo de día y un pedazo de noche.
Es una leyenda popular, contada en varias versiones y varios idiomas. No tiene un manuscrito antiguo que la firme —es tradición oral, de esa que va cambiando en cada boca—, pero se recoge en fuentes de cultura felina tanto en español como en inglés. Me gusta porque explica con poesía lo mismo que la ciencia explica con cromosomas. Y las dos cosas, a su manera, son verdad.
Amuletos de medio mundo
Aquí ya no hablamos de un solo cuento, sino de creencias documentadas en culturas muy distintas:

- Los celtas consideraban un golpe de suerte que un gato carey macho —rarísimo, ya verás por qué— se instalara en su casa.
- En Escocia e Irlanda todavía se dice que trae buena fortuna que una carey callejera decida quedarse contigo.
- Los pescadores japoneses subían gatas carey a bordo convencidos de que protegían el barco de las tormentas y de los malos espíritus.
- En Estados Unidos las llaman money cats, gatas del dinero, porque se supone que atraen la prosperidad.
Distintas lenguas, distintos mares, la misma idea: tener una carey cerca es tener suerte. Para un animal que cabe en un regazo, no está nada mal.
Y ahora, la verdad de verdad
Todo lo mágico tiene debajo una explicación igual de bonita:

- Carey no es una raza, es un patrón de color. El nombre viene del caparazón de la tortuga, al que se parece el manto. Puede aparecer en muchas razas distintas.
- Casi todas son hembras. El color naranja va ligado al cromosoma X, y para lucir a la vez negro y naranja hacen falta dos cromosomas X. Por eso los machos carey son una rareza —apenas uno de cada varios miles, y casi siempre por una particularidad genética—. De ahí que las viejas leyendas hablaran del «macho carey» como algo casi mágico: es que verlo es rarísimo de verdad.
- No hay dos iguales. Cada manto es único, como una huella dactilar hecha de colores.
- La famosa «tortitud». Mucha gente jura que las careys tienen un carácter fuerte, mandón y parlanchín. La ciencia todavía no lo da por cerrado, pero quienes convivimos con una… tampoco necesitamos que nos lo demuestren.
Ceniza, mi trocito de leyenda
Lo sé de primera mano, por Ceniza, mi gata carey. Lleva su parte de noche y su parte de sol repartidas por el cuerpo, con ese genio tan suyo: me pide mimos, me muerde, me ignora, me exige y me quiere, todo a la vez y a su manera. Si de verdad son amuletos, yo ya tengo la suerte cubierta.

Y si has leído Una cola para Auri, quizá la conozcas sin saberlo, porque Ceniza está ahí dentro, colada entre las páginas con su manto de día y de noche a cuestas. Porque en Auri Books, tarde o temprano, todas nuestras gatas acaban convertidas en historia.

¿Quieres conocer al resto?
Ceniza no está sola. En Auri Books vive toda una pandilla de gatas, y cada una carga con su propia leyenda: la del gato que guarda el sol en su pelaje, la de la misteriosa «M» en la frente, la de los felinos que los marineros subían a bordo para volver sanos a casa…
He reunido todas esas historias —las de verdad y las mías— en un pequeño libro ilustrado que no encontrarás a la venta en ningún sitio. Es mi regalo para quien se suscribe.
Déjame tu correo y te lo envío: te presento, una a una, a las gatas que se cuelan en todos mis libros.


